¡Cuántas veces ésta ha sido nuestra contestación! Somos – o eso nos creemos- señores de nuestra vida, de nuestra libertad y como tal decidimos: ¿Tiene que ser ahora? ¿Tiene que ser así? ¿Hay que hacerlo de esta manera? Y no es que terminemos aquí, sino que a veces hasta nos enfadamos porque no ha sido como nos hubiera gustado a nosotros, porque parece han venido a robarnos nuestro tiempo...
Así es la vida: una lucha de contrarios, o tú o yo y a ver quién gana. Cuántas veces escuchamos: aquí sólo triunfa el fuerte, aquí sólo progresa el cara, ésto ya no hay quien lo arregle. Es un mundo ¿verdad? descolorido, triste, por más que nos vistamos de colores para disimular. A este mundo le falta algo, y creo que es algo sencillo: una simple respuesta.
¿Quién alguna vez no ha sentido “remordimiento”? Pero no por meter la pata, o ser despistado, u olvidarnos de algún cumpleaños, no, no: Porque sabemos que en determinado momento lo hemos hecho mal y además sabíamos que era así. Pero para no acordarnos del remordimiento: ala, a buscar a quien echar la culpa que es más divertido y por eso cuando nos paramos y miramos para adentro escuchamos lo que no queríamos oír: “porque miras la paja del ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo”.
¿Es malo tener remordimiento? No, es sanísimo: es como quitarse kilos, pero esta vez de egoísmo. Si quitas el remordimiento quiere decir que eres como una naranja que se va pelando: se le va quitando lo más “ácido” (¿y qué es eso sino el lo que algunos llaman "pecado"?) para que todos puedan disfrutar del interior. Pues lo mismo: ¡cuántas veces tendremos que quitarnos la piel dura que hemos puesto para proteger nuestro interior!
¿Pero se puede quitar la piel así como así? Pues no, seríamos como el niño pequeño que arranca la piel y tira media naranja. Necesitamos de los demás. Es preciso conocernos cada día mejor. No se puede ir por libre, en esto de la vida tampoco: nuestra razón nos dice qué es lo bueno, lo que nos puede hacer feliz. No es lo primero que se nos ocurra -porque eso es capricho- sino lo que verdaderamente nace de la reflexión, del pensar en serio en mi vida, qué quiero, a dónde voy y con qué aperos estoy haciendo este camino. Por eso el video de hoy, un canto a que la otra persona es decisiva en mi vida ¿no?
Os invito esta semana a conocernos mejor, a descubrir nuestros “no me da la gana” particulares... A veces es cuestión de una sola cosa, otras veces es con algo diario o cotidiano. No me da la gana: servir, acercarme, ayudar, sonreír, hablarle, comprenderle, quererle, perdonarle...
El remordimiento -bueno- es como un río que acaba en un mar: el de la felicidad. Viviendo sin remordimientos, sabiendo que intentamos hacer siempre el bien se vive mucho más feliz.
Nada hay más humano que protestar, que compararnos para todo con los demás. No nos gusta que nos comparen los demás con otros, pero nosotros enseguida sacamos la proa: "¿por qué a ellos si y a mi no?". Es lo que pensamos cuando, por ejemplo, la lotería de Navidad les toca siempre a los demás y a mi, nada de nada. Y es que realmente este mundo -dicen- tiene que estar hecho de ganadores, el que simplemente empata no vale (no digamos ya si encima pierdes). Pero hay cierto hálito de compasión, al que pierde siempre le queda un consuelo, el que le dicen los demás: no hay mal que por bien no venga, pero claro, si ese mal es para los demás.
Nos duele perder, que no salgan las cosas como queremos. Perdemos los nervios, la paz, incluso el sueño por las cosillas más insignificantes. De una gota sacamos océanos donde no llegamos al fondo con el pie. Nos complicamos la vida por dimes y diretes: por lo que yo dije... porque tú dijiste... porque yo pensaba... porque a mi me parecía... porque me habían contado...
Nos justa ser jueces. Emitimos veredicto sin haber escuchado a la otra parte, veredicto siempre de culpabilidad, claro. No nos preocupamos de saber si realmente el otro puede tener razón, no: nosotros creemos que ya tenemos la verdad ¿para qué vamos a necesitar la de los demás? Elevados sobre el estrado nos hemos convertido en dioses olímpicos que desde la impasibilidad de sus tronos deciden quienen son los buenos y quienes los malos.
Podemos realmente preguntarnos si ganar de esta manera merece realmente la pena. Yo, por mi parte, prefiero ser un perdedor. Me niego a que los demás dicten mi conciencia, que la "mayoría" decida por mi libertad. Hay cosas más importantes que ganar: la amistad, el amor, la vida en familia, la confianza, la esperanza, esperar cada día a ser alegre, la conciencia personal... Prefiero ser juzgado mil veces que atreverme a juzgar yo a otro. Prefiero perder cada día el juicio social sabiendo que puedo hacer feliz al que forma (o puede algún día) parte de mi vida.
Pero claro, todo depende de los que estés dispuesto a arriesgar... ¿te atreves a quemar las naves?
¿Cómo se dice en italiano “maestro”? Se refiere a un catedrático, maestro de altura y categoría: los italianos lo llaman pedante.
Vivimos hoy en un mundo de maestros -¡que no pasan de ser unos pedantes! –en el pleno sentido español de la palabra-: todos nos dicen lo que tenemos que hacer, lo que está bien o mal, quien es de los nuestros y quien no. Todo argumento de autoridad es “porque lo digo yo” y debemos poner el punto final. ¡Cuántas discusiones en casa o con amigos acaban mal por querer poner todos a la vez el punto final! Así tragamos programas de ¿presentadores? que gritándose durante varias horas, quitando y poniendo razones “porque lo digo yo” son el entretenimiento de la tarde/noche de los que hemos preferido perder la razón: hablando de los mismos, pero diferentes personas en diferentes canales... con tal de que nos den el resultado hecho...
Estamos entregados al enemigo, y no mires de reojo a tu alrededor: me explico. Es difícil llegar a querer realmente a una persona. Comienzas -¡somos humanos!- juzgando sus apariencias, sus comentarios. Enseguida sacamos un juicio. Si es positivo, seguimos profundizando: familia, trabajo, estudios, aficiones, ideas... Poco a poco, vamos construyendo nuestra opinión. Hasta que al final puedes llamarlo amigo o si las cosas han ido con más profundidad, presentarlo/a como tu pareja. Pero hoy juzgamos al mundo y a nuestra sociedad según nos cuentan los demás...
- Depende quien pique en nuestra puerta, depende su grupo racial, ya decimos a qué vendrá: a pedir o a robar... porque nos lo han contado los demás, lo hemos oído, lo dice la gente. ¡Cómo nos arrepentimos de haber abierto la puerta!
- Ves a un determinado grupo sentados en el Parque, haciendo vida en él; enseguida protestamos: ¡molestan!, es que dicen que no dejan jugar a los otros niños, es que dicen que son algo raros, que no se les entiende, que lo dejan todo sucio... Pero no nos molesta que se queden en pisos donde cada habitación está alquilada a una familia, y tienen que estar en la calle porque en casa no hay quien viva... Pero nosotros, sin problema ¡tenemos casa de verano para “relajarnos”!
- Vemos a “pobres de solemnidad” tirados por la calle, embarrados, encartonados para poder dormir, y si podemos cambiamos de acera... porque a nuestra sociedad les molesta: nos han dicho que roban, que se drogan, que se pelean entre ellos, que beben...
- Sólo triunfa -en nuestra sociedad- el que vive bien, con dinero, con buena casa y buen coche. Al parecer para ser "alguien" necesitas comprarlo: sólo el dinero posibilita ser feliz, o mejor: ser ¿persona? Con dinero todos te sonreirán, las puertas se te abrirán. Si eres uno más, nada: nunca merecerás siquiera que te miren o cuenten contigo.
Por tanto ¿qué hacer ante esta realidad?
1. Estar cansado y agobiado... porque será la única forma de que realmente nos demos cuenta de que nos “cuesta” la vida... ¿te cansa pelear con un enfermo, por tus hijos, por tu vida, con tus cosas? Perfecto, lo estás haciendo bien. No se cansa el que nunca hace nada. Sólo el que lucha, se esfuerza es capaz de esperimentar el cansancio.
2. Reconocer que necesito descansar, que yo no puedo con todo, que por más que me empeñe otros pueden hacer más que yo... Aportar lo que eres: ni más, ni menos. Cansado -pero satisfecho porque me siento vivo- y necesitado de poder compartir con tu pareja, con tus amigos lo que hay dentro de tu corazón, escuchar y que te escuche, acoger y sentirse acogido. No quedarse a la mitad, pero reconocer que la vida es una suma, no sólo yo sino tú + tú + tú + tú...
Es esta una expresión catalana que significa un momento determinado: entonces, pues... Y es justo lo que Cataluña entera está "sufriendo" con el movimiento "Indignado" que de marea dulce con revoco de olas crespantes se ha convertido en un tsunami que ya no pueden controlar.
Y es que esta pléyade política que nosotros mismos votamos pensó en la inocencia juvenil barnizada con cierto repinte "revolucionario" y creyeron que ésto era cuestión de días, vamos: como ir de camping a la playa. Y se han encontrado con la realidad que nunca quisieron ver. Por eso "a les hores" se han encontrado con lo inevitable.
Indignados: sin futuro. Sin trabajo, sin Seguridad Social, sin las comodidades de la clase media española. Pero lo que más me hace inquietarme es el motivo de estar Indignados ¿porqué ya no podrán vivir tan bien como sus padres? ¿porqué no disfrutarán de las comodidades de un sistema burgués económicamente apacible? ¿Qué hay en el sustrato de estas aspiraciones? ¿Sólo el querer vivir bien? Y que conste que no quiero ser simplista.
Pero en las motivaciones de estos jóvenes, se dice, no hay ideología... entonces ¿sólo les mueve el estómago? Si no hay "ideas" ¿qué salen a defender? ¿Toda una fuerza juvenil se ha fulminado por que "se han cansado"? Joer, vaya revolución... Poco bastó para apagar la llama inicial que pretendía incendiar España. No hicieron falta bomberos: su propia modorra les hizo dormirse en la demagogia. Los laureles de Victoria que alegre y prontamente se impusieron les impidió ver que el mundo iba más allá de esas plazas.
"Una mano
más una mano
no son dos manos
son manos unidas
Une tu mano
a nuestras manos
para que el mundo
no esté en pocas manos
sino en todas las manos"
Así decía el poeta... ¿Se acabó, pues, la poesía?
Mientras haya quien prentenda hacer realidad lo que soñó seguirá la revolución...
Nuestros jóvenes, haciendo vida en las calles de las principales ciudades de este pais, nos recuerdan que vivimos tiempos difíciles. ¡Ya era hora! Este sistema no hay quien lo mantenga, pero se acabaron las comodidades burguesas de los cabezapensantes y por fin la calle empieza a respirar movimiento. En plena euforia electoral, en plena campaña de venta de ilusiones, proyectos y "soluciones" los que duermen en la calle avisan:
- Crisis de trabajo: condenados a no tener futuro, vivienda, estabilidad. Adios a la Seguridad Social. Se acabó la bonita, edulcorada y acomodada clase media... - Crisis de valores: porque todo vale con tal de que seas feliz y no armes ruido. Con tal de cada cuatro años nos votes y el resto no molestes. - Crisis de la “generación perdida”, aquellos jóvenes a los que esta crisis toca de fondo, no tienen trabajo, ni perspectiva de tenerlo, y ahora nos amenazan con el retraso de las pensiones...
Vivimos en un mundo en el que parece nunca estamos a la altura: 1. por un lado, todo tiempo pasado fue mejor: "Es que antes todo era más fácil, es que antes no había estos problemas, educar a los hijos era más fácil, había más seguridad, nos conocíamos todos mejor..." 2. por otra parte, los que viene detrás dicen que no les entendemos: "Es que no estás al día, es que parece que no te enteras, es que esto ya no se hace así..."
Vivimos reconcomidos por ese pasado que parece era tan feliz y por este futuro que tocamos con la mano, pero parece no es para nosotros porque no lo entendemos.
Era como aquel hombre que no quería hacer nunca nada malo, pedía y pedía ayuda a sus amigos. Un buen día éstos decidieron qué hacer para que nunca pudiera hacer nada malo: atarle las manos. Le comentaron que así era mucho mejor, que podría vivir más tranquilo y sosegado, dedicado a lo que le gustaba. No se dieron cuenta de que atándole las manos tampoco podría hacer nada bueno, pero el fin era no hacer nada malo. Aquel hombre poco a poco se fue acostumbrando, si bien quiso librarse alguna vez de esas ataduras. Sus amigos le contaban las cosas malas que pasaban por el mundo –también las buenas-. El hombre pensaba que era mejor vivir así: con las manos atadas. Pero un buen día –pasados muchos años- sus amigos quisieron liberarle de aquellas ataduras, el hombre ya había aprendido la lección. “Ya eres libre” le dijeron cortando aquellas ligaduras. Pero resulto que ya era demasiado tarde: sus manos estaban totalmente atrofiadas.
Nosotros podemos ser –también- este hombre. ¿Qué hacer ante la realidad que nos toca vivir? ¿Ante esta crisis social, y de valores, económica? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Esperar a que otros empiecen? ¿Lamentarme, quejarme, encogerme de hombros, esperar, esperar, esperar a mañana?
La vida –el futuro- parece pertenecer los que más fama tienen, a los que igualan sus cánones a las modas de turno y en ello ponen todo su empeño: ser moderno, ser actual... ¿Es ese todo el futuro que nos espera? ¿Ser igual que los demás y morirnos de aburrimiento porque nada diferente se puede hacer, creer, decir?
¡No! Hoy aprendemos con estos jóvenes de la "spanish revolution" un mensaje: ESPERANZA. Si nuestra sociedad nos llama fracasados porque este sistema en el que vivimos reventó, queremos llamarnos y ser BIENAVENTURADOS. Si este mundo nuestro nos hace vivir en una barca a la deriva entre el mar del ayer y las dudas del mañana, nos llamamos BIENAVENTURADOS. En un mundo clasista, donde tanto tienes, tanto vales; en un mundo donde lo de listos es aprovecharse de los demás y meter la mano en el cajón que ahora hipócritamente algunos pretenden cerrar ¡a buenas horas!, queremos ser BIENAVENTURADOS.
Pero lo tenemos que sudar, esto no es ningún desfile de la Victoria, sino que es un estadio donde hay que competir: Aquí nadie regala nada. Ø Dichosos los misericordiosos, porque no todo va a ser rencor, venganza, odios, rencillas... Ø los que trabajan por la paz: es posible tener Paz dentro y fuera, en casa y en la vida. Ø los que sencillos y limpios de corazón, Ø los que lloran y se esfuerzan y luchan y no se dejan vencer por el desánimo. Ø Dichosos los que tienen hambre.
Pero esto que parece imposible, inalcanzable, una utopía más: ¡puede no serlo tanto!... La verdad que muchas veces me apuntaría a la lista de Sartre: "¿me suicido o no?" ;) Pero prefiero a Chesterton en "Enormes minucias" donde lo pequeño, lo habitual, lo corriente, lo rutinario pueden tener un papel fundamental. No hace falta llegar a la luna, con llegar al corazón del otro basta. Por ejemplo:
Había un sacerdote que viajaba en el metro de Madrid siempre a una misma hora y hacía siempre el mismo trayecto. Al ir siempre en el mismo vagón observó que, normalmente, también allí estaba la misma gente. Se fijó en un chico que estaba en una esquina. En la otra estaba una chica. Cierto día que llovía, la chica traía un paraguas. Al salir del vagón a ella se le olvidó el paraguas y el chico, muy educado, lo recogió y salió detrás de ella. “Señorita, se le olvidó el paraguas”, le dijo muy amablemente. Ella le dio las gracias. A partir de aquel instante se ponían siempre juntos y hablaban animadamente. Pasado un tiempo, el sacerdote vio que tenían anillos en sus dedos. Se habían casado. Luego el sacerdote fue trasladado a otro lugar. Pasados unos dos años volvió a hacer el mismo trayecto y volvió a ver al joven matrimonio. Un día en que llovía, a ella se le olvidó el paraguas, y entonces él lo cogió, salió tras ella y le dijo de un modo brusco: “Te dejaste el paraguas olvidado. ¡Cualquier día olvidas la cabeza!”.
España aspiraba a ser otra. Delenda est monarchia! afirmaba el filósofo, refrendado en las urnas por una España libre de alpargatas y caciques. ¿La solución? ¡República! “La continuidad de la Historia legal se ha quebrado. No existe el estado español. ¡Españoles, construid vuestro estado!”, escribe apasionado Ortega y Gasset. El Gobierno se desmorona ante la impotencia Borbónica, “¿Me ha reclamado ya España?” preguntaba iluso el 13º Alfonso al desembarcar en Marsella desde Cartagena, al comenzar un exilio que nunca acabaría.
Y trece días después de proclamarse el nuevo Régimen el cambio engalana oficialmente balcones y consistoriales: bandera tricolor, con el morado de Castilla y de la recordada -por García Lorca- Mariana Pineda, y el alboroto festivo “del himno callejero y saltarín de Riego que acompaña una República sesuda y jurídica” (Pío Barora). Y, cómo no, irrumpe en las aulas la idílica Marianne, la rolliza envuelta en tricolor, ataviada con gorro frigio y balanza de Justicia en su mano. A sus pies los libros: la cultura, seña de identidad para un régimen que empieza a ser conocido como la “República de las letras” en una sociedad con un 45% de analfabetismo.
Por segunda vez somos República. También Avilés: el 14 de abril más de dos mil personas, tras las banderas de distintas sociedades obreras y de los partidos socialista y republicano, recorren alegres la hoy calle de la Cámara para hacer entrega al alcalde de la bandera tricolor; y tras la oportuna orden, la banda municipal ameniza el día con La Marsellesa y el Himno de Riego. El 15 de abril LA VOZ DE AVILÉS pone todas sus páginas al servicio de la naciente República, con un entusiasmo poco disimulado.
Pero aquel sueño hecho realidad y encarnado en nueva Constitución, bandera e himno, no se correspondería pronto con la esperanza suscitada. Es verdad que todo depende de quien lo mire: para la parte reformista, las reformas radicales del primer bienio fueron demasiado profundas, en cambio para la parte revolucionaria muy escasas. La decepción campaba. Avilés no era ajeno a este ajetreo con el devaneo de unos desazonados pedregalistas con Acción Popular. Comienzan las distinciones entre República auténtica y falsificada, de derechas o izquierdas. Llegó 1933 y el susto cortó la respiración: la CEDA ha ganado las elecciones. Ortega alertaba a todos: “¡No falsifiquéis la República! ¡Guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad.” Pero la llama está encendida, el miedo a desviar el camino comenzado aparece: El 4 de octubre de 1934 PSOE y UGT llaman a la huelga general para el 5, en protesta por la entrada en el Gobierno de tres ministros de la CEDA. Asturias será el bastión de esta revuelta: “Las nubes –presagia ‘El Socialista’ del 27 de septiembre- van cargadas camino de octubre: repetimos lo que dijimos hace unos meses: ¡Atención al disco rojo! El mes próximo puede ser nuestro Octubre. [...] Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado. Y nuestros planes de socialización.” Unos 40.000 sublevados, bien pertrechados en los asaltos a las fábricas de armas de Trubia y La Vega, y con las armas llegadas en “El Turquesa” -ocultas mientras tanto en las bóvedas de la Iglesia de santa Eulalia de Valduno-, salen a defender su República, la que no acaba de llegar.
La llamada encuentra eco en Avilés, aunque con menos entusiasmo que en Oviedo y las Cuencas. El día 5 amaneció con la Huelga General y la constitución del Comité Revolucionario, que hallará digno acomodo en el Gran Hotel. Avilés se divide, fiel reflejo de nuestra II República: en el Ayuntamiento se parapetan los notables de la ciudad defendidos por unos setenta hombres (Guardias Civiles, Guardias de Asalto, civiles varios) y frente a ellos las fuerzas de la Revolución que campean por Sabugo, Miranda y otras zonas rurales. Los alzados en Avilés tenían pocas armas y municiones, pero si dinamita suficiente como para cegar la bocana del puerto hundiendo el Agadir. Ocupan, para la Nueva República, los almacenes Balsera, estaciones del Norte y Carreño, los muelles de Avilés y san Juan de Nieva. Pero la Convocatoria hecha para cambiar España duró en Avilés tres días. Las tropas al mando de López Ochoa, que prefiere pasar por nuestra Villa camino de Oviedo para evitar una encerrona en Trubia, entran por la carretera de san Juan, y salvado el obstáculo de los almacenes Balsera, recuperan en la zona de Sabugo para la República el poco Avilés arañado por la Revolución. Las bajas avilesinas –muertos y heridos- se pueden quedar en cuatro decenas, si bien 283 presos sufrieron en la Cárcel los efectos de la represión.
La República se creyó la Victoria. Aparece en circulación una medalla de plata, que ilustra este artículo, labrada en los talleres “Menéndez” de Oviedo para glosar el “republicanismo” de un Avilés fiel a la Constitución de 1931: “La Villa de Avilés agradecida a sus defensores durante la huelga revolucionaria octubre 1934” en el reverso. En el anverso: Una mujer suplicante (¿la misma República?), con su hijo, extiende sus brazos hacia un soldado heleno, de cuyo brazo derecho pende la balanza de la justicia y del izquierdo la espada corta (xifos) desenvainada; una ciudad humeante pone fondo a dicha escena presidida por un escudo de Avilés con corona mural. Una rareza para coleccionistas, que es recuerdo de lo sucedido hace ya 76 años.
El Estado nacido del clamor popular en 1931 –atacado por todos, porque ninguna tajada gustaba bastante- no aguantó el golpe mortal. “Goethe decía de las revoluciones dos cosas que se ajustan estrictamente a la realidad del mundo actual, y desde luego, a la de España. Una, que cada revolución es siempre la consecuencia de los errores del régimen que la ha precedido. Y otra que, mientras dura la etapa revolucionaria, es imposible juzgarla con acierto, porque sus inconvenientes se ven demasiado cerca y sus beneficios demasiado lejos” reflexionaba Gregorio Marañón. Pero las dos Españas que “hielan el corazón” hicieron de las suyas: la división, recelos, los antagonismos crecieron. Pronto el eco alegre –y anticlerical, por cierto- de Riego es sustituido por el crepitar de los disparos, la Marianne sale despavorida dejando olvidada la justicia en tantas cunetas y tapias de cementerios, familia contra familia buscan en el combate una nueva España. Pero eso es ya otra historia. Pasados ya 75 años sólo queremos recordar los hechos de aquel Octubre de 1934. Los Almacenes Balsera, el Gran Hotel, el edificio del Ayuntamiento, la Calle de La Cámara, nuestras callejuelas de Sabugo, la antigua Cárcel de Avilés son testigos de aquella Historia que ante la masacre que se avecina en 1936 repetirán llorando con Ortega: “¡No es esto, no es esto!...”
“Una persona amable atrae hacia sí todas las simpatías”, afirma un proverbio del Camerún. Una persona amable no es sólo una bendición para los demás, sino que se hace bien a sí misma. Teresa de Calcuta veía en la amabilidad una concreción del bien y decía a las que la seguían: “Una sonrisa es el principio del amor. Sed amables y misericordiosas. Haced que quien se acerque a vosotras se sienta mejor y más feliz al marcharse”.
Hoy, quizás, es difícil ser feliz. Todo el que se empeña en serlo descubre cuántos momentos no puede llegar a alcanzarlo y eso puede llegar a hacerle pensar que es un fracasado. Quizá el camino no sea la felicidad, sino la autenticidad: “La satisfacción es el resultado del esfuerzo de hacer felices a los demás”. ¿Pero cómo serlo en un mundo de opciones tomadas? Nuestra sociedad dice quién es de los buenos o de los malos, quien está en el bando correcto o en el equivocado. Libros y tradiciones, escritores y pensadores son hoy garante de autenticidad: ¿realistas? Esos “moldes” quizá hoy estén rotos o caducos, pero nuestras opiniones y nuestras opciones se basan en ellos, incluso nos sirven para juzgar y dictar categorías... Pero es posible que también nuestra sociedad necesite unos parámetros, un camino dictado para saber que queremos llegar a algún sitio y sin esos dictados el camino podría ser cualquiera. Realmente feliz nos hacen los demás: por lo que recibimos, por lo que nos hacen sentir y valorar, por lo que nos hacen partícipes de su vida. Por eso, ¿hasta dónde podemos optar?
Elie Wiesel, que sobrevivió a un campo de concentración nazi, afirmaba: “lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia”. Un posible camino es el que conduce a ninguna parte. Es por el que nunca deberemos optar. Pero tampoco el fácil de pensar que mis opciones, opiniones y forma de vida tienen que ser siempre lo correcto; los demás también han de optar. La sociedad del mañana es plural, no sólo por colores sino por opiniones. Deberemos encajar unos con otros, aportando valores y enriqueciendo los diálogos, incluso tomando opciones... Es un reto apasionante, lo importante es cuánto nos va a costar nuestra libertad, o hasta dónde estaremos dispuestos a llegar...