"No camines detrás de mí, puedo no guiarte.
No andes delante de mí, puedo no seguirte.
Simplemente camina a mi lado y sé mi amigo"
(A. Camus)


lunes, 6 de octubre de 2014

Mi mundo es infinito

                   

¿Quien no ha sentido alguna vez con irremediables ganas de llorar? Seamos sinceros, ha sido el único camino. Dificultades, tropiezos, desilusiones, desesperanzas, fracasos. La vida no es fácil, pero -sinceramente- tampoco imposible. No seamos de los que nos quejamos a la primera de cambio. 

El camino, es verdad, ha podido muchas veces aparecer demasiado cansino, rutinario, agobiante. 

Muchos días del café sólo hemos podido beber ese poso negro, amargo, que deja el sabor toda la jornada. Sólo poso y, cuántas veces, en amarga y pesada soledad.

Pero no sólo yo tengo problemas, esas circunstancias son parte inherente a cada persona. Podemos pensar la acabados o fracasados, pero será porque nos creemos el ombligo del mundo. No somos tan importantes como podemos considerar, el mundo tiene otro eje que no soy yo. 

No es que me consuele pensando que los demás tienen problemas. Eso sería un conformismo necio. Los problemas de las personas son asuntos graves que muchas veces influyen hasta en la salud. 

Pero siempre hay que apostar por la vida, por el lado positivo. De todo mal, se puede sacar un bien.

En mis problemas no se acaba el mundo. Como mucho, finalizará mi mundo. 

Pero sabiendo confiar, aunar fuerzas, abrir mi egoísmo, encontraré otras personas que también portarán sus circunstancias. Pero mi mundo más el de ellos más el de las personas que quiero acabará resultando un mundo infinito, lleno de esperanza, de seguridad, de acogida, de fidelidad, de felicidad.
Mi mundo + tu mundo = el infinito 
¿Quien no quiere unas cuentas así de felices?

Por eso necesitamos sujetarnos el corazón, porque por cada nombre pronunciado desde lo más profundo, ponemos a ese rostro significados como entrega, lealtad, amistad, cercanía... 

Un mundo infinito, como infinita es la alegría o la esperanza o el amor o la misma vida, cuando hemos sabido aprovecharla.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Perseverar ¿cobardía?



Somos hombres y mujeres de emociones. Nuestras respuestas no siempre son las mismas. Dependen de las ganas, de las nubes del día. O del sol. Influyen en nuestro carácter las circunstancias, los avatares, los cansancios y las alegrías. Todo muy humano.

Pero tomado el camino, enseguida empiezan las dudas, lo que no esperabas, que no todo es tan fácil como pudieras haber soñado, calculado o ideado.

¿Es de valientes romper e intentar otro camino? ¡No! Lo cobarde es que, llegados a la orilla final de la vida, ni te hayas enterado de qué corriente ha guiado tu barca, porque has dejado cientas perdidas. Y como único rumor de la ola, rompiendo en la playa, el resultado de la misma pesca en las redes: la decepción de que nada/nadie has mantenido en tus manos, en tu corazón.

La valentía es -sin ser cabezón u obstinado, cual Quijote contra molinos- decisión, coraje. Más que humano: heroico. 

Y así, entran en la coctelera la paciencia, el perdón, la tranquilidad y serenidad. La confianza y el empeño. Tenemos la mala costumbre de usar nuestra cinta métrica para medir las acciones de los otros, sin pensar que ellos puedan tener la suya. Nos erigimos en jueces, cuando ni siquiera tenemos todo el sumario de la causa. Con el agravante de que nos chifla ir cantando a voces la sentencia condenatoria.

Opiniones, malentendidos, gestos o palabras con doble sentido. Nos encantan las oportunidades, en la ropa y para nosotros. Pero no suele ser lo habitual para los demás.

No andar cambiando de chaqueta, de bando, de opinión, de personas. Ser fiel. Serles fiel. Podrán cambiar las circunstancias, pero quien te ha demostrado su cercanía no necesita decírtelo cada día. Ya lo sabes. No necesita oportunidades, las tiene todas desde el primer día.

Perseverar, claro, en el bien, para el bien, construyendo lo bueno. No somos tontos, sabemos perfectamente distinguir. Otra cosa es que queramos.

Y no sólo personas, también la misma vida. Opciones, empeños, sueños, ilusiones. La vida es una maraña de intenciones. No andar bailando con ella: mantener el ritmo, nunca al límite de nuestras fuerzas. Es posible que no seamos felices en algunos momentos... Pero el sol del atardecer encontrará en nuestros rostros la mueca de la seguridad, de la decisión, de la lucha. Sé lo que quiero, sé a quien quiero.

Sólo hace falta perseverar.

domingo, 27 de julio de 2014

Apostar... y saber perder

                           

No siempre en las películas ganan todos. Estamos acostumbrados a que los vaqueros den una paliza a los indios. Y así, nuestra vida.

No nos sale todo bien, a veces no es tan fácil defender el fuerte de madera de los apaches. La vida está tejida de éxitos y de fracasos. De victorias y las desalentadoras derrotas. Esas que nos dejan el sabor del fracaso, de la meta no conquistada, de la playa a la que nunca arribamos. Cada persona, proyecto o deseo es una lucha. Pero no siempre cosa de uno, sino de dos. Cuando no se apuesta por lo mismo, el tren debe echar el freno. Algo o alguien sobra en ese tren.

No siempre podemos ganar, también de las derrotas se aprende. Cuando apuestas por todo o quemas las naves en el puerto para evitar deserciones o, incluso, cedes a parte de ti mismo por otro, y resulta que las cuentas no nos salen. El saldo es a deber.

Pero no por ello debemos caer en la fácil tentación del desánimo. Personas, circunstancias, proyectos, aparecerán cada día. Podrá existir quien pueda haberte desalentado, decepcionado, desilusionado. Habrás puesto la carne en el asador y resulta que se pasó de tanto esperar encima del fuego. Pero ese fuego sigue encendido. Siempre habrá oportunidad. El tesoro escondido en un campo que merece la pena comprar es la vida misma: proyectos, personas, ilusiones, esperanzas, alegrías... 

No obstante, la cosas deben mirarse también desde dos lados, no sea que echemos siempre la culpa a quien no la tiene, o sólo la tiene en parte. Hay que saber examinarse, preguntarse, aceptar la valentía de saber si, a lo mejor, yo tengo algo que ver en estos fracasos. No toda la cupa será mía, pero nuestro propio yo egoísta y avaricioso también puede hacer de las suyas.

No quedarse en el ayer, lamentándose. No pensar en lo perdido, sino en lo que se puede ganar. Luchar por el mañana, en el hoy, sabiendo que el ayer es sólo eso, una historia pasada que mereció la pena, pero eso, pasado ya.

¡A luchar!

jueves, 24 de julio de 2014

Saber desaparecer o saber continuar...


 

A veces lo más prudente es no molestar. Es  verdad que podemos ser importantes en la vida de otros. Quizás les hemos ayudado en su estabilidad o en su proyecto de vida. O hemos aportado mera compañía -¡que no es poco!-. Pero lo más prudente es no convertirse en hipoteca, sino en préstamo vencido: les hemos donado ilusión, esperanza, optimismo, cariño, audacia, coraje... Pero ahora lo prudente es callar, desaparecer, ocultarse. ¿Olvidarse? No del todo, pero si de parte. Cuando no cuentan contigo ¿por qué, para qué insistir? Llegaste en un momento crucial, pero igual ya esa situación desapareció: ¿merece la pena  vivir anclado en ese ayer?

Es duro, es verdad. Incluso muy doloroso. Nos gusta que nos den las gracias o que, por lo menos, valoren lo que hemos hecho. Mendigamos que nos quieran de la misma manera. Pero eso es ya pedir demasiado. Los motivos reales sólo quedan en nuestras intenciones, en nuestro corazón. Muchas veces serán un secreto, a voces, pero secreto. Sólo mis recuerdos serán testigos mudos de tanto esfuerzo. Aunque nuestras lágrimas cueste, aunque nuestra esperanza se agote. Y una vez agotada, el telón oculte el escenario.

La vida pasa. Sería inútil recorrer los días esperando los agradecimientos que no llegan, las luchas que no son compartidas o los sentimientos no expresados... Seguir luchando, seguir marcándose otras metas, continuar descubriendo personas que, como desvalidos, buscan samaritano en sus caminos que les preste dinero o coraje o prestigio o favores o, simplemente, acogida.

El tiempo pasa y nunca más vuelve... Hay que saber no quedarse anclados. Buscar nuevas perspectivas, nuevos horizontes. Ya lo decía Heraclito con su "panta rei": todo pasa. No te quedes llorando tu pasado. No merece la pena batallar por una victoria en aquellos que te consideran o perdido u olvidado.

Lucha en tu presente por los que realmente -¡realmente!- cuentan contigo para su futuro. Y eso se demuestra cada día, ya te darás cuenta... Hay que saber hacerse presente, y hay que saber ausentarse, aunque cueste...

martes, 1 de julio de 2014

No sólo saberlo, también experimentarlo

                        

La vida nos hace transformarnos en tortugas, como si de una metamorfosis kafkiana se tratara. Las dificultades, los cansancios, las luchas, los fracasos nos hacen ir replegándonos en nuestras propias corazas. Nos creamos la felicidad ilusoria de que dentro de ese refugio los problemas me abandonarán o no me agobiarán. Pero no se trata de vivir como un iluso, creyéndome que puedo con todo, sino de ser realista: tendré victorias y experimentaré el sabor amargo de algunas derrotas.

Nunca nos enseñan a vivir, nadie se ha tomado esa molestia. Podremos acumular experiencias, saberes, libros leídos y problemas resueltos. Pero la verdadera categoría de la persona se mide en cómo afronta esas dificultades, cómo bebe el cáliz amargo de los sinsabores, cómo sabe estar siempre donde se le necesite. Nos hemos tenido que quedar tantas veces con las manos vacías o con el corazón helado o sin la palabra acertada. El idiota siempre encuentra soluciones rápidas para todo, pero no dejan de ser parches. El agua seguirá entrando en el casco de la nave de la vida. Hundiéndola, claro.

La vida es dura, la vida necesita construirse a pico y pala, con el sudor de la frente.
De ahí que no sólo sepamos sino que necesitemos experimentar la cercanía, comprensión, amistad, cariño, dedicación de los que quieren estar cerca de nosotros (y nosotros respecto a los que aspiran eso mismo por nuestra parte). No vale con decirlo una vez, hay que demostrarlo cada día. No vale con haber dejado la tarjeta de visita, se requiere la persona entera. Hay mucho en juego: la vida de cada persona.

"La mujer del César no sólo tiene que ser casta, sino que debe parecerlo". Palabras como amistad, entrega o disponibilidad no se conjugan con cualquiera. Una vez barajadas las cartas y repartidas debe jugarse la partida hasta el final. No valen excusas, no sirven pretextos.

Frente al caparazón indicidualista, las manos que acogen, los hombros que sostienen, el abrazo que serena. No se trata de hacer nada extraordinario, sino cuidar los detalles, las pequeñas cosas, estar pendiente cada día. No bastan las palabras, se necesitan los gestos. Un gesto vale más que mil palabras.


miércoles, 11 de junio de 2014

Aprender a equivocarse

                                   
¡¿Pedir perdón?! Triste cometido en una sociedad donde sólo impera lo "perfecto". No nos equivoquemos, nos han vendido un producto que hemos tragado sin disimulo, y si lo perfecto eran los cuerpos danone, los findes veraniegos de playa con barbacoa y los findes invernales de casa rural con chimenea, nos hemos entregado -cual público en concierto- a los sones imparables de la modernidad.

Los sociólogos lo llaman Mc'World. Un fenómeno que todo lo abarca y barniza: desaparece lo característico para envolvernos en el papel celofán de la normalidad, de la uniformidad. No hay razas, ya no hay color, sólo hay dinero. Y para responder a esta globalización o compras tu posición o mejor te quedas en casa (si es que la hipoteca te permite disfrutarla antes de que te mueras). No tienes que ser tu mismo, eso es una vulgaridad: ¡hay que ser como los demás! Sino, ni eres moderno ni estás al día. Y es un fenómeno que parece no tiene marcha atrás.

Su contrario sería la Mc'Yihad, que no dejaría de ser -¡ya lo indica el nombre!- un solapado aldeanismo, integrismo o costumbrismo. Algo marginal, anticuado, para inaptados sociales con profundo dolor de tortículis de tanto mirar hacia atrás.

Los fallos, pues, nos cansan. A tantas horas de gimnasio, tantos kilos de músculo. Horas de trote, calculados menos gramos de grasa. A unos ingresos, correspondientes beneficios. Todo está programado. Ropa de verano, invierno, entretiempo. Bicis de verano y piscinas de invierno. Menos libros y más revistas divulgativas. Sabemos cómo tener la cintura, qué ropa llevar para ir a la moda y nos dicen qué revista es la mejor para el preciso momento. Y, lo peor, obedecemos creyendo que alcanzaremos la felicidad. Somos tan borregos que subimos los cuellos de nuestros polos, nos dejamos la barba de tres días, nos embutimos en unos leggins y vamos por la vida abanderados de la modernidad, perdón, de la normalidad (sic). Y por eso no damos ni un paso en falso para evitar que nuestro maniquí tan repeinado y peripuesto se vea por los suelos. El fracaso no entra en nuestros cálculos. ¡Nos enseñan a que sea así!

Así, la depresión está a la orden del día. Por los proyectos frustados, por los sueños truncados, por los objetivos no conseguidos. Los payasos ya no están en el circo, sino en la calle. Nos hemos convertido en auténticos malabaristas de lo imposible, de la fuente de la eterna juventud que nunca encontraremos. Porque la vida avanza imparable, a carcajada limpia, para aquellos que creían vivir el sueño de la eterna juventud. Que acaba, por cierto, en el silencio absoluto de una condena -el olvido- a la que nos somete la única instancia que nos iguala a todos en el postrero juicio. 

¿Solución? Aprender a equivocarse, aceptar las errores de los demás. Una palabra, un comentario, un gesto, una ausencia. Es sanísimo reconocer que no somos perfectos, que no lograremos la plenitud de ser a golpe de euros. Querer es perdonar, ayudar, corregir, sostener, amparar, acoger... 

Reconocer tus límites, fallos, meteduras de pata. Aprender a perdonar ¡y a reirse! con lo de los otros. Al final del camino no te seguirán los que se creían perfectos (porque sólo se necesitan a ellos mismos), sino que tendrás a tu lado a aquellos que supiste perdonar y que te perdonaron, con los que supiste convivir en lo bueno o lo malo, los que te corrigieron y corregiste, los que sonrieron o lloraron sobre tus hombros. Los que creyeron que tu vida era demasiado importante como para dejarte pasar de largo... ¡Aprende a vivir! ¡Aprende a equivocarte!


lunes, 19 de mayo de 2014

Perdón, un actitud vital

     


No hay expresión más elocuente que la de aquel que ha metido la pata. En una sociedad de orgullosos, donde todos tienen la razón, reconocer que te has equivocado es un gran adelanto. Y, claro, se nota.

Subastamos públicamente famosos, concursantes, vidas privadas. Desde el mando de nuestra televisión decidimos quien tiene sitio y quien no en nuestras casas, al lado de nuestros sofás. Nuestra intimidad se ha convertido en un ver escaparates, los ajenos, donde lo más tierno son las películas Disney, las únicas ya que nos hacen llorar por ternura sensiblona.

¿Quién no se emociona con películas pero se despreocupa de aquellos que cerca están desahuciados? ¿Quién no ha perdido tiempo pensando el sexo de el/la de Eurovisión mientras cientos de nilñas africanas son secuestradas y seguro que no sabemos el país? Lo dicho... nos gusta juzgar.

Cambiar de acera al divisar al pesado, criticar de lo lindo cuando te han fastidiado, querer llevar las aguas a tu molino cuando compartes amistades, creerte que siempre el punto final lo pones tú.


¿Pedir perdón? Cuando te equivocas, cuando valoraste mal, cuando fuiste un malpensado, cuando tus palabras hirieron, cuando tu ausencia dolió, cuando tu presencia molestó. Saber reconocer que hacemos heridas, también que las tenemos. Que no somos tan diferentes de auqellos que valoramos en la tele. Que no somos tan de película como aquellos que durante dos horas alumbran nuestris sueños.

Saber acpetar el perdón y obligarte a darlo, a examinarte, a darte cuenta de palabras, gestos, actitudes, presencias, ausencias... El soberbio se engola en su mundo, el humilde reconoce el fallo. El soberbio nunca se dará cuenta de la verdad, sólo de sus intereses. El sencillo sabrá reconocer que el importante no es uno mismo, sino los demás.

Compartir, querer, amar, perdonar, construir, soñar... Todo va de la mano.