"No camines detrás de mí, puedo no guiarte.
No andes delante de mí, puedo no seguirte.
Simplemente camina a mi lado y sé mi amigo"
(A. Camus)


viernes, 15 de junio de 2018

Divide y vencerás (¿o fracasarás?)


Es una frase que tantas veces hemos escuchado y que, sin embargo, es de rabiosa actualidad. 
Vivimos en un mundo dividido, enfrentado por ideas, pensamientos, colores, religiones, políticas... Hasta por tribus urbanas, coche, casa, calle o ciudad nos diferencia. El dinero también hace de las suyas: tenerlo, no tener lo suficiente o no tener nada de nada.

Aun así, hay que reconocer que el primer “espacio” dividido somos nosotros mismos. Si. Vivimos divididos, enfrentados a nuestros propios sueños y deseos. Hemos querido la luna y nos hemos tenido que conformar con la escalera para subir. Envidiamos la suerte de otros, la aparente felicidad. Ese gusanillo nos corroe, nos "chincha", nos quita la paz, nos mina la moral. Nos convierte en autores únicos de nuestra propia felicidad: nos cuesta fiarnos de los demás, siempre tenemos algo que decir de los otros. Nos da rabia que los demás triunfen o les vaya bien en la vida mientras nosotros no logramos salir de una anodina normalidad.

Estamos divididos. Y dividimos. Por eso mismo de que siempre tenemos algo que decir, de lo que quejarnos de la vida y de los otros. Nos gusta que todo el mundo se de cuenta de lo malo que es fulanito o menganita, de lo que nos han hecho, de lo supuestamente mal que me han tratado o hablado a mis espaldas, los asquerosos dimes y diretes. Exageramos, contamos sólo nuestra visión, emitimos nuestro veredicto en un juicio sumarísimo donde ha  faltado el acusado y el abogado defensor: y claro, el resultado es que nos vamos quedando sin amigos, ya que fuimos creyendo las trolas de los demás y nos quedamos con el mentiroso, con el traicionero… esperando ser nosotros algún día el final de su lista negra. Y encima, de morros y enfadado con el resto de los mortales...

La unidad es la solución. Estar contentos con nosotros mismos. Que nuestras pequeñas metas se vayan cumpliendo. Experimentar la alegría en los pequeños detalles . Y unir: corazones, empeños, visiones, amistad, entrega, servicio, alegría, perdón, superación…
¡Que le den a los mentirosos, a los charlatanes, a los correveidiles!

Pero nuestro egoísmo puede tantas veces con nosotros ¿estamos dispuestos a dejarle ganar la batalla? La vida merece la pena ¡Demostrémoslo! 

lunes, 9 de abril de 2018

Seamos sinceros: no nos necesitamos


Quizá, a estas alturas de la vida, hemos sentido en nuestras propias carnes lo difícil de conseguir sueños e ilusiones, despellejarse arrancando el futuro a un dios destino caprichoso y sordo a tantas súplicas. No. La vida no es lotería: es aprovechar el instante, ese momento fugaz que nunca volverá, que eternamente quedará arrancado del calendario de nuestra historia. Pasado el momento, personas, hechos, acontecimientos, situaciones, encuentros o encontronazos se acumulan en nuestro cementerio de recuerdos, de experiencias: por más que lo intentemos no revivirán ni resucitarán. Esa palabra o gesto o abrazo, la frialdad de una respuesta o encuentro incómodo, un beso sin gracia o con pasión, una caricia o un desprecio, una respuesta de apatía ante las circunstancias quedarán para siempre inertes, clavados -para lo bueno o lo malo- en nuestro corazón.

Ser persona: capaz de ofrecerte todo o nada. Sin esperar más que aquello que sorprenda a otra. Abandonar cálculos, metas o proyectos. Sorprender o dejarse sorprender. De tal forma que la pintada de Cuenca que acompaña la entrada se haga realidad. No quiero a nadie que me necesite, alguien al que le venga bien, no quiero ser la pieza del puzzle de nadie: quiero ser yo. Y que esa persona, esas otras personas, se sorprendan conmigo, me dejen sorprenderme por ellas. No vengo a llenar vacíos, no quiero remediar heridas. No tengo nada que pueda necesitar nadie: sólo soy luchas, esfuerzos, madrugones, alegrías, fracasos, decepciones, éxitos, intimidad o superficialidad… Sólo puedo -podemos- ofrecer eso. Lo demás, abrirá la puerta de las decepciones: hoy para mí eres lo que necesito ¿y mañana? ¿y cuándo no lo necesite? Querer a alguien  por que le necesito en algún momento de mi vida ¿no puede encerrar un poco de egoísmo? Y si no le necesitara ¿estaría presente en mi vida?

La sorpresa, ese diálogo que sólo un tú y yo pueden emprender. Un diálogo capaz de llenarse de palabras o miradas o proyectos o ilusiones o simple rutina, pero con ese condimento que llena de chispa y posibilidad cada situación. Una historia que apasiona y sueña con un mañana, que enamora o emboba. Ese sentir que ansiaba volver a tenerte cerca de mi o quejarse ante una vida que te ha tenido hasta ahora escondido: descubrir que no me necesitabas, que no soy la compra de un escaparate que te ha gustado, que soy algo -¡alguien!- que te ha sorprendido. El que sorprende, emociona, es insustituible. El que sólo cubre un vacío o satisface una necesidad, podrá sentirse relegado en cualquier momento: es una hipoteca, que pagada, perece. 

Sorpresa, vida, ilusión, empeño, complicidad: no te necesito. Pero no entiendo mi vida si no estás tu. ¿O no?

martes, 23 de agosto de 2016

¿Bendecir el amor?



Amar es, inevitablemente, la única experiencia vital capaz de proyectar lo mejor de nosotros mismos en otra persona. Más aún: incluso despierta íntimos y desconocidos horizontes que enganchan de manera única a otro "yo", estableciendo un apasionante infinito como el único horizonte posible: "nosotros". La propia intimidad queda expropiada totalmente, esencialmente, en otro ser que complementa totalmente mi existencia.

No es un simple sentirse querido, sino amado: poseído en plenitud. No es buscar quien complementa lo que me falta: el amor verdadero corrige, duele, llama al esfuerzo y al triunfo sobre la rutina. Constituye la experiencia más íntima, la que sólo conocen en su totalidad dos corazones, aunque pueda tener a medio mundo de testigo. Es algo que sólo llegan a comprender esas dos personas, lo que cada día les anima a seguir luchando por lo suyo. Amarse constituye una forma única e irrepetible de comunicación, un lenguaje, que sólo comprenden y pueden llegar a entender las personas implicadas.

Es noticia estos días que un sacerdote católico “ha bendecido el amor” de dos chicas dispuestas a caminar juntas en su existencia. No sería noticia si no fuera por la tradicional postura católica ante este tipo de amores. Indudablemente, este buen sacerdote ha establecido sin quererlo dos modalidades vitales para amarse: matrimonio con rito completo o bendición solapada por si acaso me dicen algo. ¿Han entrado los amores de segunda en la Católica Iglesia? O sea: que ha discriminado igual que los que lo niegan, por que para bendecirlo a medias, mejor quedarnos como estábamos. ¿La pareja que no tenga un sacerdote amigo se queda a dos velas en lo que a ritos se refiere?

Bendecir el amor. Aquí pretendía llegar: ¿quién realmente lo bendice? Creo que cada persona. No hace falta que nadie me diga si quiero o no quiero a una persona: mi propia vida, mi entrega, mi dedicación, son expresión evidente y palpable de que “bendigo” a esa persona y que ella es para mi una bendición, un bien. Es eso lo que celebro en cada mirada, en cada gesto, en cada detalle. 

El amor es en sí mismo una bendición. Si somos imagen de Dios, si Él realmente está dentro de cada persona, cada expresión sincera y buena de mi corazón necesariamente se convierte en referente de esa bendición divina. Otro asunto será si ese amor pasa por sacristías, juzgados, ayuntamientos o mesa de despacho del oportunista que espera un voto, un titular o una medalla rosa. Cuando el amor entra en esos juegos se convierte en espectáculo.

Hacer del amor una bendición. No defiendo un simple individualismo: necesitamos concretar diversos pasos y opciones de la vida ante los demás, marcarnos un antes y un después, pero mediatizar un amor por un simple rito me parece demasiado banal: la persona a la que quiero no merece eso. 

Amar y sentirse amado, cuidar y saberse cuidado, sentir y vivir la experiencia de plenitud en otra persona. Quizá mas que ser bendecidos, deberíamos bendecir con nuestro amor… 

miércoles, 3 de agosto de 2016

3, 2, 1... ¡Silencio! ¡Se vive!



Quedarse en silencio, frente al espejo, frente a la vida...
Uno solo cara a cara  consigo mismo. Sin bandas sonoras ni melodías engañosas, ni siquiera otras vidas que te confundan o camuflen: ¡Yo!

Silencio para mi
Un rostro frente a una existencia. En silencio: para estremecerte interiormente ante tus miedos, disfrutar pausadamente íntimos sueños, sentir las caricias apasionantes de la felicidad o los hirientes rasguños de tus secretos inconfesados.  Silencio. El mismo que nos asusta, que nos desnuda, que nos encarna en la cotidianidad de la existencia de alguien que se resiste a ser uno mas.

No es un compañero de camino desconocido nuestro protagonista -¡nos inquieta más de lo que parece!-: ese mismo que cierra nuestras espaldas a las opiniones de otros, la extraña sensación de quedarte sin respuestas a tantas preguntas, el tedioso vacío de una tarde en solitario donde nadie siente la necesidad de comunicarte nada. 

Silencio para otros
Silencio que es respuesta: callarte mejor que ofender o juzgar; ofrecer la mano sin excusas baratas o respuestas prefabricadas. Minutos de silencio que denuncian injusticias, faltas de humanidad. Gritos asesinos frente a democráticos silencios. La respuesta es mi vida, erguida, enhiesta frente al terror, miedo o angustia. Silencio que debe en cambio gritar frente a la injusticia: no puedo quedarme callado, debo responder, sino sería igual de culpable... Hay situaciones que no se resuelven con silencios.

Silencio de vida para conmigo y para con otros
Silencio al quedarse sin palabras ante un susto, disgusto o enfermedad. Abrazo sin palabras, lágrimas teñidas de suspiros, desilusión que se niega a descubrir horizonte. Pero también alegría contenida,  conquista de cada futuro o sueño. No necesitas palabras, los hechos te lo demuestran. "Si los pensamientos no te aportan las respuestas, prueba el silencio. Del silencio surgen todas las respuestas, en el silencio se resuelven todas las preguntas." (Rava Bakou)

Silencio que te imponen en hospitales, iglesias, museos... Silencio vacío porque lo que calla la boca lo expresa el corazón. No es ese silencio de ausencia de palabras el que nos plenifica. El nuestro es otro, es un misterio. El de una personal existencia y su necesidad vital de sentir latir el corazón, saberse vivo, trascenderse. No es quedarse sin argumentos: sino experimentar que mas puede el sentimiento y el deseo que aquello que puedas expresar. Que no hay palabras que transmitan tanto como sientes o pretendes contagiar. Silencio que engendra vida, esperanza, sueños, futuro... Un no se qué que queda balbuciendo. Este elocuente tartamudeo es la expresión última del asombro místico: al otro lado comienza el vasto silencio de lo incomunicable” expresaba Elisabeth B. Davis.
Silencio que necesitamos, líquido amniótico que nos nutre para el nacimiento de cada mañana. 

Silencio: 
  encontrarme y encontrarte, 
              conocerme y conocerte, 
                   perdonarme y perdonarte, 
                         quererme y quererte, 
                             contagiar y entusiasmar, 
                                   amar, multiplicar... ¿¡Creer?!

domingo, 12 de junio de 2016

Creer que se puede...


No suelen ser nuestros días unas jornadas de película tipo Indiana Jones ni tienen como banda sonora el "ai-ho" de aquellos siete felices enanitos. Lo "mas normal" es lo que nos define: un atardecer igual que a todos, como la noche y como las circunstancias. Esperamos la oportunidad que no llega o la aventura que nunca realizaremos. Y así se nos pasan las tardes, soñando y metiéndonos en la cama con la sensación de que algo nos ha faltado.

Somos aventureros, soñadores, únicos y geniales. Pero necesitamos una ración de realismo, la que invariablemente nos recuerda que somos iguales a los demás, pero sin dejarnos caer en el  vulgar y deprimente uniformismo de la rutina. Con la cabeza y la imaginación conquistamos el mundo pero la realidad nos estrella contra el muro de la cotidianidad... ¿Desesperarse por los sueños que no llegan? ¡Nunca! Simplemente: saber esperar, creer que se puede...

Saber combinar lo genial con la rutina, esforzarse por "el pan nuestro de cada día" sabiendo aportar una pequeña dosis de ¿locura? a nuestra vida. Una cumbre por conquistar, un río por navegar, una cena para nunca olvidar, un viaje pendiente o aquellas páginas del libro que nunca acabé. Llenarte la nevera de notas con metas a realizar, cubrir de fotos la parte trasera de la puerta de casa con paisajes que debes visitar antes de que se te acaben las fuerzas, llenarte el coche de post-it con los restaurantes en los que por lo menos una vez hay que cenar o comer. Llenarte de sueños, de esperanzas, de ilusiones, de proyectos... que animen la rutina, que den vida a tantas horas muertas, que te demuestren que vives y no eres más que un saco de huesos para vestir con ropa bonita. 

Pintarse, quizá -como cantan-, de color esperanza...


lunes, 2 de mayo de 2016

Respuestas a preguntas que inquietan...

                         
¿Quién no ha sentido sobre sus espaldas el peso del fracaso? ¿O en sus labios el sabor de la derrota? ¿O vuelto a encontrar en la almohada los sueños que esperaba alcanzar el día que ya termina? Nuestra vida está marcada por esos rasguños, heridas o desgarrones que, como un común resorte, hacen levantar nuestros ojos al cielo añorando una respuesta... ¿Por qué? Esa es la pregunta que tantas veces ha rondado nuestro corazón, llenado del poso de rencor o desgana nuestras palabras y actitudes. Una pregunta que también hizo exclamar a Jesús de Nazaret clavado en aquella cruz, tras tantos tormentos, preguntando -¿recriminando?- a su Padre Dios por qué le había abandonado, por qué se había portado así con él.

¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué de esta manera? ¿Por qué a mí nunca me acaricia la suerte? Nos comparamos, nos juzgamos frente a otros... Construímos nuestra vida desde unos sueños que consideramos nos alcanzarán una felicidad que ansiamos cada momento. Nos podemos pasar muchas tardes embobados creyendo que algún día sí podremos ser felices... Para acabar en nuestras noches rompiéndonos la cabeza con un "por qué" que martillee nuestras conciencias.

¿Tan difícil es ser feliz? Quizá sean nuestras claves las que estén equivocadas. Es fácil soñar desde el egoísmo: creerme el protagonista de todas las películas, el líder absoluto de la manada. Conjugar mis verbos preferidos: vivir, disfrutar, aprovechar, ganar... Pero siempre en singular. También desde la vanidad que me ayuda a descubrir fácilmente cuántos errores tienen los demás, a quejarme por lo poco que me valoran o me tienen en cuenta con todo lo que yo valgo... Quizá entonces la pregunta del principio sea diferente: ya no son los demás los culpables de mi soledad existencial que lleve a preguntarme "por qué". Yo sólo me he subido gustoso a esa cruz, que me aísla del resto.

Sólo una persona que añora cada día ser feliz sabe que la amabilidad, compresión, dulzura, cercanía, perdón, acogida son algunas de las claves necesarias para poder alcanzar ese añorado horizonte de paz. Es como esa tierra prometida que Dios prometió a Israel en Egipto: un lugar donde solo se podía ser feliz, pero  tras cruzar un duro desierto. El de conocerme. Reconocerme en los defectos para ofrecer un corazón nuevo. El de mis vivencias positivas que lleven a multiplicar lo bueno de mi corazón. Un desierto en el que los demás se convierten en oasis y no piedras que me hagan tropezar. Un oasis donde poder aprovechar lo bueno de cada momento, donde reposar y recobrar fuerzas.

Sólo así llegaremos, acariciaremos, gustaremos siquiera de lo hermoso de la vida. Quizá ya no sea la pregunta "por qué" sino "y ahora, ¿qué?". No buscar culpables, sino oasis. No buscar responsables, sino cómplices. No dejarse agotar por las circunstancias de la vída, sino disfrutar de cada oportunidad, persona, momento... 


domingo, 20 de diciembre de 2015

La nefasta idealización de lo absoluto

                                

Sin duda han sido nuestros cuerpos volcanes encendidos: sueños, pasiones, proyectos, personas, sentimientos... Hemos sido arrebatados por la fuerza imparable del amor o del odio, de las victorias o derrotas, del cansancio o de la fuerza. Nuestra fe ha sido ciega. Nos hemos dejado llevar del consejo del otro. Caímos en las sibilinas redes del que aparecía con sonrisa medida. Nos situamos tras oportunas pancartas o gritamos respondiendo a un megáfono con declaradas proclamas de libertad y justicia. De repente, nuestras palabras eran las de otros; nuestras ideas u opiniones, prestadas.

Como hojas de otoño caídas y secas ha prendido en nosotros el fuego que contagia ilusiones, sueños inabarcables, esperanzas infinitas:
   - Esa persona que pensabas sería eterna, con la que soñabas pasar todas las tardes de tu vida o disfrutar cada domingo o vivir siempre a la luz de su consejo.
   - Una situación privilegiada en la que podías otear el horizonte cómodamente, viviendo en paz y serenidad. Sin preocupaciones o miedos.
   - Sentimientos, lazos que ataban de forma indisoluble, aquello que estaba llamado a ser eterno.

Nuestros colores nos identificaron con guerras ganadas o pérdidas, nuestros monumentos acumulan huesos y nombres cada vez más desconocido. Ideas que separan o unen, hacen odiar o amar. Nuestros condicionamientos enjuician personas simplemente por apariencias.

Pero ¿cuántas ideas, sentimientos o personas yacen ya en las cunetas de nuestra historia o acumulan polvo en los trasteros? No somos los mismos que ayer, que hace unos años. Lo que defendíamos con uñas y dientes, hoy ya no nos hace perder ni un segundo. Lo que marcaba nuestro estilo no es más que un viento pasajero que ya no volverá. Al final, lo absoluto se nos escapa como el agua del cesto de mimbre: no podemos abarcar en nuestra limitación lo que es inabarcable.

¿Quiere decir que no somos de fiar? No. Más aún: quiere decir que somos hombres y mujeres del momento, de lo concreto. Y eso será lo que tengamos que aprovechar. Cada minuto, café, llamada, conversación, chat. Del que se preocupa tanto de las apariencias, mejor escapa: no dejas de ser una pieza más de su escaparate. Vive con el que se preocupa de ti, del que te lo demuestra. Del que no te suelta el sermón o el rollo, del que no te dice qué tienes que hacer o pensar o decidir: sino que lo contagia, como la felicidad, como la sonrisa... ¡Como la pasión!


jueves, 10 de diciembre de 2015

Sentir y dejarse sentir


Quizá una de las actividades más complicadas de cada mañana sea ser uno mismo. Mecánicamente suena el despertador sin tener en cuenta la noche de amor o dolor, de lágrimas o de risas, de miedos o alegrías. Cumple su función: como la cafetera, la edulcorera o el cansino envoltorio del pan integral.
Lo mismo ¿para lo mismo? 

Un rumbo diario, caras cruzadas, escaparates que como camaleones cambian la piel según la tonalidad... Horario, destreza, aventura, apasionarse por la Verdad, ensimismarse en lo tuyo.
Hasta que toca regresar a casa, ese espacio reservado para los festivos o las tardes/noches de laborales.

Y así cada día, cada hora, en cada minuto. Una pasión llamada a conquistar mundos encerrada en despachos, cabinas, clases, tras un ordenador.

Sentir la necesidad de vivir: de compartir, de crecer, de respirar. Ensimismarse al regresar a casa con un atardecer único, erizarse el vello con una mirada o con una respuesta o, simplemente, porque me siento feliz.

Felicidad que no es fruto matemático de mis decisiones, sino apusta decidida por los otros. Nace del compartir, del sentirse juntos, de apoyarse en otro. Sentir que vivo y sentir que puedo hacer feliz, ayudar a construir una historia... Sentir y dejarse sentir.

Volverá a sonar el despertador, pero todo dependerá si sabes algún día sorprenderle. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Contagiar con la mirada


      
Juicios rápidos, palabras mal entendidas, gestos desafortunados. Somos seres "sentientes": nos afectan las cosas, nos duelen o alegran las personas, sus vidas no nos son indiferentes. Sabemos sonreir con el que rie ¡la risa es contagiosa! Y nuestra cara todo lo dice cuando lo que toca es llorar con el que gime. Un corazón enamorado o malhumorado; tener un buen día o un humor de perros; miradas que enamoran o miradas que matan... Se nos nota demasiado.

Nada más sincero que un corazón humano; por ende, nada más cruel. Nos equivocamos, nos fiamos demasiado de nosotros mismos sin contar con la ayuda de otros. Nuestros ojos se convierten en el único método fiable de juicio: nos creemos demasiado importantes. Estamos firmemente convencidos de que no nos equivocamos nunca ¡somos perfectos!

Por una corazonada lo dejamos todo y nos entregamos a otra persona o cambiamos de rumbo o conquistamos un futuro diferente al que el destino nos había asignado. Por una corazonada, convertida en cabezonería, deshacemos proyectos, amistades o simplemente vamos buscando por la vida a quien culpabilizar de la mala suerte que hemos tenido: los demás, Dios, los políticos...

Y así, podemos pasar la vida dejando víctimas: sometiendo a juicio sumarísimo a aquellos que es mejor no se enteren de lo que decimos de ellos, sonriendo falsamente en cada postrero encuentro. La falsedad o hipocresía se han convertido en amable peaje de la autopista de la vida que pagamos sin rechistar.

¿Merece la pena semejante hipoteca? Dejarse ayudar para poder mirar la vida con otros ojos, que ensanchen la mirada, que dilaten el corazón. Una mirada en plural que contagie lo bueno de la vida. Que disfrute de cada momento, de cada situación, de todas las personas. Mirar con optimismo,incluso aquello que nos entristece y afea tantas situaciones y proyectos. Saber que la vida no acaba ahí, en mi mirada. Compartiendo la vida, las miradas -los matices- se multiplican. Y así sabré llegar más lejos, los puertos donde atracar la barca de mi vida ante la inesperada tormenta serán los más insospechados, los que no siquiera me habría podido imaginar.

Saber mirar con los ojos de otros: ensanchar la mirada, dilatar el corazón ¡contagiar vida y esperanza! Que nuestro nombre no termine en nosotros, sino que continue pronunciado en los labios de otros... 
¡Eso es vida! ¡Eso es tener futuro! ¿Quien no aspira a vivir así?

lunes, 24 de agosto de 2015

¡No vivas de rebajas!

                                     

¿Quién no ha sentido la profunda desazón del fracaso, del éxito no alcanzado o del sueño que se quedó a medias? Si en la vida lo que te enamora son la belleza, la profundidad de una mirada o un paisaje en el que te encantaría envejecer, no es menos verdad que el fracaso, la desilusión o la decepción forman parte ineludible del existir.

Enmarcamos elegantemente las fotos de los recuerdos que nos han hecho y nos siguen transmitiendo felicidad. Solo con verlas respiramos de satisfacción, de orgullo. Pero sin necesitar de marco también guardamos otras imágenes -empeñadas en no salir de nuestro recuerdo-, las que nos quitan la serenidad, las que nos recuerdan que ni valemos tanto como creemos ni somos tan necesarios para otros.

El fracaso o la rutina o la decepción  pueden llevarnos a un falso camino, que no deja de ser una rápida solución pero que engañosamente es quedarse a medias... Y es vivir simplemente de rebajas: Rebajamos el amor o la entrega o la felicidad o la risa o la compañía o los proyectos. Nos rebajamos a nosotros mismos y rebajamos por tanto a los demás. Entregamos el corazón o la vida o el atardecer al primero o al último que aparece. Cansados de esperar en la estación el tren de nuestra vida, preferimos subirnos al primer mercancías que aparezca. Y ese es el error.

No dudo que sea difícil convivir, proyectar, conocer, perdonar, dar una oportunidad. Pero no nos merecemos cualquier cosa, las rebajas siempre tienen truco: es lo que a nadie le ha servido. Y, por supuesto, yo no me apunto a esa dinámica.

¿Cómo son tus amores? ¿Tus convicciones? ¿Cómo cuidas los detalles o las pequeñas cosas? ¿Merece la pena amar como tu amas?

Para todos la vida es difícil, una escalera que según lo que portes en tu corazón o en tus manos o en tu recuerdo te costará mas o menos subir: pero la culpa no será de la escalera, sino de lo que llenes tu vida. También bajarla: si llevas demasiadas cosas en las manos, no podrás agarrarte al primer resbalón.

Todo es cuestión de qué color quieras ponerle a tu vida. Y si eres de primera o te conformas con las rebajas: ¡en tus manos queda!



viernes, 7 de agosto de 2015

El que te quiera, ¡que te busque!

                 
    
Si algo tiene nuestra historia es que nos ha conformado a todos según un parámetro dulce y feliz: la comodidad. Nos protegemos del exterior (contemplada la realidad desde el hundimiento de nuestra butaca o sofá) o del horrible repliegue del exterior. Gracias al milagro audiovisual, el universo puede penetrar en nuestra vida sin violentarla. La propia historia se evapora en signos y se borra ante su propio rumiar indefenso y lánguido.

Nos desayunamos con inmigrantes ahogados, extendemos nuestras toallas ante sus cadáveres arrastrados a esta añorada orilla y ya la tarde nos encuentra reconciliados con la vida mientras el hielo se va unificando con nuestra bebida blanca. ¡Salud!

Rapidez, eso si. La eterna novedad de estar al día. De no desfasarnos. De no sentirnos fuera del paso de la común normalidad. Cada noticia o acontecimiento o persona compiten entre sí para obtener nuestra atención. Todos reclaman unos minutos de nuestra historia, pero no todos tiene derecho a ella. 

¿Parece imposible? En nuestras palabras encontramos la respuesta: "hoy no hay nada importante". Y tan tranquilos. Noticias, sucesos, personas que desfilan por nuestros ojos sin llegar al cerebro: nada me dicen y, por tanto, selecciono inmediatamente. No tienen derecho ni al recuerdo (¡de cuántos solo nos acordamos cuando los vemos en las fotos!).

Quien quiere ser parte de tu historia -si deseas serlo de alguien- debe conquistar no solo la mirada, también el corazón pasando por la mente. No es que te conviertas (o se convierta) en algo útil, sino en alguien imprescindible. Con la mirada, actuación, sutileza. Como una eterna novedad, porque sorprendes y te dejas sorprender. "En cada calle, hay un desconocido que sueña con ser alguien. Es un hombre solitario que intenta demostrar desesperadamente que existe" sermoneaban en Taxi driver... ¡Todos tenemos derecho a soñar y no convertirnos en un mero sestear de butaca!

Olvidar el conformismo, quebrantar la esclavitud de lo seguro. Muchos nos son indifentes: no han demostrado su valentía, te han metido en el saco de la cotidianeidad. Y por eso te sales: porque te niegas a ser uno más, "algo más" de la vida de otro.

Si no te ponen en tu sitio ¿para qué seguir condenado a la rutina axfisiante de tener que llamar la atención continuamente con algo extraordinario cuando con lo que eres sirve de sobra? Si no te valoran, hazte el favor a ti mismo y desaparece, serás más feliz. 

Lo dicho, si te quieren... ¡que te busquen!


domingo, 2 de agosto de 2015

Dejar una cicatriz en el mapa del mundo

   
"Quiero dejar una cicatriz en el mapa del mundo", sentenciaba Perkens en La voie royale. Y razón no le faltaba. Sólo el perdedor quiere pasar de puntillas, sin hacer ruido, sin enganchar a nadie ni quedar prendido en nada. Quien siente perdida la vida se entrega a la rutina, ha desertado de la emoción o de la sorpresa, vive encarcelado en los parámetros de lo social, de lo aparentemente normal.

La vida es de los aventureros, de los que no se resignan. En una sociedad nihilista donde nada ya se espera, más que habituarse a ir tirando y resistiendo los embites de la cotidianeidad, sólo el aventurero enamora. Y se enamora. Y luchan. 

Lucha  de guerrillas: las grandes batallas han pasado a la historia. Desde que las bombas nos  asesinan inmisericordes, sin importar rostros o historias, lo que nos queda es la guerrilla. Los pequeños golpes, las insospechadas emboscadas en los bosques o altos de montañas. La sorpresa, lo no calculado, el desarmar en lo inesperado. "Cuando la sociedad destruye todas las aventuras, la única aventura que queda consiste en destruirla" sentenciaba una pintada del 68.

Convertir cada mirada, cada conversación, la mínima oportunidad en aventura: con tu vida, tus gestos, tu acogida. Aventura: una historia de locos, solo para locos. Sin calcular finales ni poner límites a la imaginación. Lógicamente, los calculadores o previsores o comodones o despreocupados han perdido su tren. Aquí sólo cuenta el que con su pequeño fusil sabe dar en el corazón o en la cartera o en toda la frente.

Pero ¡cuidado! la guerrilla no es de trincheras: eso es comodidad. Quedarse camuflado bajo tierra, donde el barro nos sumerga hasta los orejas en el fango de la mediocridad. La vida nos requiere en el pico más alto, en la playa donde el horizonte sea infinito, en esos ojos que sólo calculan eternidad. Donde aventurarse es partir: atreverse a cruzar mares, sueños, poner solo limites al miedo para que quede encerrado en las trincheras del conformismo. "Sólo se descubre un sabor a los días cuando se escapa a la obligación de tener un destino" (Cioran). El aventurero duerme bajo las estrellas, lucha junto al sol, sueña pegado a la luna. No se plantea malvivir con el rezagado o con el calculador... esos ya han perdido la aventura, la epopeya de su vida. Se conforman con ser uno más, con quedar sepultados en el barro de la mediocridad.

Ponerle a cada día sus metas, o dejarse sorprender. Sin asustarse de lo imprevisto, sin menguarse en las dificultas. Vivir revolucionado: saberse vencedor. Afrontar lo inesperado. Epopeyas de descubridores, conquistas de continentes, playas inmensas donde atracar las naves civilizadoras, cordilleras inmensas que tientan a clavar bandera que las corone. "Pienso en despertarte cada mañana, con un beso chulo y una guerra de almohadas. Pienso enamorarte en cada mirada con la sonrisita que yo se que te encanta: que no me puedas mirar del amor que sientes ya, que no quieras dormir sin mi, que no te quieras despertar", canta Dani Martin a las adolecentes que desean construir su teatro vital: el escenario donde desarrollar cada escena.  Y tiene razón: en lo pequeño comienza lo grande. En una mirada, en un encuentro, en un destino que no une casualidades sino aventuras. 

Las bombas sólo dejan cadáveres, la resignación moribundos. La guerrilla inflige heridas, deja marca, no sólo recuerdos. sino presencia viva. Las heridas de guerra nunca se olvidan, son parte de nuestro bagaje, nos conforman. Por eso es preferible portar heridas, marcar a otros con ellas: estaremos luchando, estaremos viviendo... ¿Ser uno más? ¡Nunca! Luchar yo mismo, en mi mundo, con mi empeño, con los míos: ¡Siempre! ¡Eso es vida! Y solo hay una... ¿a qué esperas?

domingo, 19 de julio de 2015

¿Porque lo llaman amor cuando quiere decir sexo?

       
    

Como conquista, premio o satisfacción rápida y cómoda. Hoy llamamos amor a cualquier cosa. Nos aprovechamos, se aprovechan. Momentos rápidos y fogosos, de usar y tirar. Amor que no llena, sino que simplemente engaña: personas convertidas en consumo, en objetos de usar y tirar.

Hoy amor ya no es nada eterno, ni necesariamente llena el porvenir de ilusión. Amor es un gesto, una satisfacción, un desahogo barato de sábado, esperado ansiosamente cada noche de la semana. Y listo. Hasta otro sábado.

Y por el camino se quedan las personas, los objetos... se quedan sin nombre, sin ganas, sin vida, sin rostro. Mujeres, hombres, incluso niños. Obligados o movidos o condicionados o convencidos de que ser útil es disfrutar o hacer disfrutar. Aunque después no puedas sonreir.

Niños condenados a no tener infancia, a no ser felices. A vivir amargados, si es que se puede llamar vida a lo que después les queda: fruto de una sociedad de consumo que no se ruboriza lo más mínimo por robarles la dignidad.

Por que eso mismo es lo que hemos perdido: la dignidad. Y con dinero compras hasta las personas. ¿Comprar? ¡No!: hipotecar. Porque así quedan para toda su vida, mientras otros disfrutan de su progreso.

¿Amor? Hace tiempo se necesita redescubrirlo. Su gratuidad y su innata necesidad de eternidad. Usado como arma lanzadera de acera a acera; corrompido en aquellos que lo han convertido en momento de usar y tirar; recortado en sus ansias hasta que "veamos que no hay feeling". Y sin lucha, sin esfuerzo, sin ganas, sin coraje no hay amor. Sólo hay gusto. Y los gustos son para las comidas, pero no para las personas.

Me gusta estar con las personas, pero debo amarlas. Es un paso más: porque compromete. Porque me lleva a no utilizarlas. Porque las situa en su lugar: en el mismo en el que estoy yo, en el centro de la existencia. 

Sólo una cosa tiene buena, pero sólo para una sociedad de consumo. Pronto captas a quien sólo le gustas y prentende convertirte en un instante; también quien sabe mirarte con ojos de eternidad. Es lo que tiene crear trampas para otros, al final acabas cayendo tu tambíen.  Nuestro amor no tiene sentido, solo tenía instantes y nada de futuro, magistralmente enseñaba Camus en "la peste".
Los pobres, los explotados, ni tienen ni derecho a darse cuenta de semejante utilización, solo tienen la oportunidad de callarse. Y así nos va.

No creo en ese amor barato, corrompido, utilizado contra otros. Creo en las personas que me aman, creo que hay personas a las que solo puedes amar. No quiero creer que ese amor se haya extinguido, como los animales o las plantas. Quiero confiar que el dinero o el placer o el confort nos ha helado el corazón: y algún día la mirada de los cientos de niños o mujeres u hombres explotados nos hará caer en la cuenta para tener la valentia de pedir perdón, reparar el daño causado y hacer posible la única fuera capaz de mover el mundo: de mover nuestras vidas. 

domingo, 28 de junio de 2015

¡Levántate y anda!

                                               

¿Quién no ha vivido alguna vez una situación límite?
Tropezones o encontronazos, pequeños sustos o disgustos morrocotudos; fallecimientos inesperados, lentas agonías; fracasos o decepciones... De pequeños nos pintaban un rosa princesa para ellas y un varonil azul caballeresco. Y, ciertamente, ni lo uno ni lo otro. SI algo quieres, debes luchar por ello. 

Los colores de la vida pronto destiñen. El único color que permanece es aquel que no se va con el surcar de las lágrimas o los roces de abrazos, el que no queda oculto por el polvo del duro camino. Ese único color camuflaje que pretende disimular el casancio, la fragilidad de quien poniéndose la careta de fuerte o "uno más", pasa su discurrir diario entre dos realidades: la que sueña y con la que se tiene que conformar.

Esas lecciones construyen nuestra vida: nos conocemos en esas situaciones que nos llevan al límite de nuestras fuerzas. También en ellas reconocemos a quién llamar amig@s o con quien comprometer la vida. Ell@s ponen significado y sentido a muchos momentos.

Se llenan estos días balcones de banderas que, ¡a ver quien es el primero más progre!, anuncien una forma nueva y humana de expresar la solidaridad con aquell@s más vulnerables. Ciertamente todo signo provoca solidaridad, revulsión o mera indiferencia: como la media luna o la cruz o la hoja de marihuana. 

Dicha bandera quiere expresar solidaridad, acogida, respeto, convivencia... Se amparan bajo ella aquell@s que, sintiéndose no diferentes, experimentan la diferención por una sociedad que tanto el liberalismo como el consumismo han dictado quién es el "homo consumer": unos tópicos que como papagayos debemos cumplir con nuestras vidas. Colores camuflajes: ir a la moda, parecer normal, ser uno más...

Son situaciones extremas que cada persona debe experimentar: su "ser" frente a los demás, frente a la sociedad, frente a sí mismo. Ciertamente, algo nada fácil. SI cada vida es una conquista, el "situarse" también lo es, es el acto más personal, más humano de cada un@... ¿hasta que punto puede valorarse desde fuera el resultado? ¿Qué es la libertad? ¿Tengo derecho a equivocarme? ¿Y si estoy plenamente convencido de que no me equivoco? 

No es fácil, empero, construir una sociedad desde convencionalismos. Y menos desde banderías que siempre han servido para enfrentarse en campos de batalla u oscuros callejones. 
Y me explico: hoy podemos quedar todos convencidos. Pero mañana nos pueden martillear con todo lo contrario hasta que se nos meta en la cabeza. No. Esa es la trampa, el consenso democrático que por las urnas dictamina por temporadas dónde está el bien o el mal. Aquí no hay ni buenos ni malos, o por lo menos, no debería haberlos.

¡Levántate y anda! Sal de conformismo social, olvídate del dictamen que marcan los que venden: se tu mism@. Levántate: no te canses, no te rindas.

Un auténtico humanismo, que sitúe a la persona en el centro. Pero la persona, no sus diversas circunstancias por las que ni eres más pero tampoco menos que los demás. Persona por encima de mercados, de dictámines textiles o parámetros sociales. Una persona teñida sólo de un color: esperanza. Donde cualquier cumbre seguirá siendo un duro éxito, pero donde podremos experimentar la felicidad de poder afrontar esa existencia desde lo que soy, lo que siento y por lo que opto.


miércoles, 3 de junio de 2015

Segundas partes nunca fueron buenas...

        

Al final de la historia te das cuenta de las cosas. Por algo dirán eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Esa película que esperabas fuera tan intensa como la primera vez o como la del comienzo de la saga; o el encuentro con esa persona que despertaba horizontes inmensos; o regresar a la falda de esa cumbre que creías volvería a ser tan inexpugnable y despiadada en la lucha por buscarle una veta; o simplemente otro atardecer con las mismas disposiciones del anterior, preparado todo para ser o hacer feliz, y se quedó en eso, en deseo.

La vida está hecha de segundas partes: cuando sale bien y te gusta, porque quieres repetir y regresar a esas sensaciones. Cuando sale mal, porque todos tenemos derecho a una segunda oportunidad.

¿Pero merece la pena el intento? Creo que a veces es demasiado caro el peaje. Deseas, sueñas, incluso te desvives y descubres que no te corresponden; o intentas poner toda la carne en el asador, implicarte y complicarte, y no tuviste bastante la primera que volviste a por la segunda, o tercera, o cuarta. O simplemente que te empeñas en darle a quien no lo merece lo mejor que tienes: tu mism@.

Me imagino que debe ser muy sano mandar a la mierda... No por no complicarse, sino para poder descubrir que en la vida puede haber más películas, otras montañas, atardecer en nuevos parajes o, incluso, aquellos que no te tengan o quieran como su segunda oportunidad, sino como la primera que nunca dejarán escapar.

Es cuestión de prioridades: o primero o segundón ¿a qué equipo te apuntas?

viernes, 15 de mayo de 2015

No creo en Dios, pero lo echo en falta...


"Yo no creo en Dios, pero lo echo en falta". Así comienza Nada que temer, las memorias de Julian Barnes, aclamado autor de numerosas obras. Barnes aborda el tema de su irresistible miedo a la muerte. Y escribe: "Echo en falta al Dios que inspiró la pintura italiana y las vidrieras francesas, la música alemana y las salas capitulares inglesas, así como esos ruinosos montones de piedras de los promontorios celtas que en otro tiempo faros simbólicos en medio de la oscuridad y la tormenta". 

Vivir como en tierra extraña... Esa sensación de que algo te falta o de que alguien añoras. Sentimos dentro de nosotros la necesidad de "más". Tampoco sabemos muy bien el qué. Y no es extraño pues que se despierte en nosotros el sentimiento de envidia frente a esas abuelitas que cada tarde ocupan su sitio en pequeñas y oscuras capillas para ir desgranando sus rezos, totalmente convencidas de estar sostenidas por las manos de un Dios que cuida de cada uno como si de un hijo se tratara. 

Sobrecogerse: sentirse en tierra extraña, cuestionado por la propia vida y su futuro, tener sed de algo que no es agua y no logra calmarse. Experimentar que algo más hay y no tener respuesta, y encima se escapa de nuestro control... 

Saberse en buenas manos, poder dormir tranquilo, vivir con serenidad y esperanza. Lejos, claro, de vivir abstraídos de la realidad, porque esas abuelitas también tendrán vida y casa y ahorros y problemas y alegrías... Pero ese sentimiento de "expatriados", de vivir lejos de algo que realmente está constantemente llamándome e interpenlándome, es el que nos agota, nos inquieta, nos hace descubrir que la vida moderna no es tan moderna como pensábamos.

¿Por qué me martillea la conciencia cuando creo que no es del todo bueno lo que hago? ¿Por qué me siento feliz o satisfecho cuando he sabido negarme para afirmar a otro? ¿Quién despierta en mi corazón ese sentimiento de conmiseración frente al que sufre la dureza de la vida? ¿Por qué me emocionan sentimientos de personas ajenas que durante 60 minutos pretenden convencerme de que formo parte de sus historias a través del cine?

No sé qué es Dios, pero parece que forma más parte de este mundo que yo mismo... ¿Que es el amor? Dos que se no se entienden el uno sin el otro. ¿Qué es la seguridad? Los brazos de un padre o madre para su hijo pequeño. ¿Qué es la felicidad? Un futuro compartido. Sólo se conjugan en singular palabras como egoísmo, vanidad, pereza, soberbia... Las otras necesitan un plural.

Eso de Dios también debe ser plural. Él y yo. Nosotros y él. Nuestras preguntas y sus soluciones, nuestros miedos y sus seguridades, nuestro presente su futuro.

"El sobrecogimiento... es más algo que una emoción; es un modo de comprender. Es en sí mismo un acto de percepción de un significado mayor que nosotros... El sobrecogimiento nos faculta para percibir en el mundo revelaciones de la divinidad, para sentir en las pequeñas cosas el comienzo de un significado infinito, para sentir lo último en común y lo simple" (rabino Abraham Joshua Heschel)

sábado, 9 de mayo de 2015

Perseverar en el amor...

  

Quizás la vida está hecha de recuerdos. Aquellos momentos en los que realmente podemos decir: "¡he sido feliz!". Personas, situaciones, hábitos, acontecimientos, miradas, sueños compartidos, satisfacción por la victoria. Entre el armazón de los hilos de la cotidianeidad y los más negros de los fracasos, se entrehilan colores vivos, de corazón henchido, cargados de esperanza.

Esos momentos, sin duda, configuran una vida entera. Uno solo de ellos, merece no la pena, sino una vida. Poder decir "fui/soy feliz". Y guardar esos recuerdos como tesoro preciado, como viento que sigue hinchando las velas del frágil velero que sostiene nuestra vida en el vaiven caprichoso de las olas de un mar envalentonado.

¿Vivir de recuerdos? ¡No! Sino permanecer en lo que realmente hemos amado. Que no sólo tienen que ser personas: situaciones, aspiraciones, sueños. Quisiéramos atar esos momentos para siempre, pero como de tiempo está hecho todo, se nos escapan de las manos. Pero no del corazón. Y ahí, precisamente, es donde permanece el amor. Ya no están, pero sigues amando a esas personas. Y por eso sus fotos, o las flores, o sus cosas, o simplemente sentir su presencia. Has cambiado incluso de vida, pero recuerdas tus manías o las ajenas, los prontos y los enfados, los sueños alcanzados y los perdidos por la almohada... Y, cómo no, esos recuerdos son capaces de sacarte una leve sonrisilla, la de aquel que sabe no se había equivocado.

Permanecer en el amor: seguir luchando. Reconocer que no todo ha salido como lo esperado. Pero saber que cada oportunidad es una puerta: entrar, acomodarse, compartir, convivir, sentir, simplemente vivir.  Y sobre todo, no buscar culpables. El recuerdo te hace feliz o  puede hacer crecer en tí el rencor. Perseverar en el bien: si fuiste feliz, volverás a serlo... 

Los Mandamientos Paradójicos” de Kent M. Keith, ayudan a entender la esencia de la Perseverancia:
  • La gente comúnmente es incomprensible, ilógica y egoísta. Ámalos de todas maneras.
  • Si eres amable, la gente podrá tildarte de egoísta y con motivos ocultos. Sé amable de todas maneras.
  • Si eres un triunfador, ganarás algunos falsos amigos y algunos verdaderos enemigos. Triunfa de todas maneras.
  • Lo bueno que hagas hoy, será olvidado mañana. Haz el bien de todas maneras.
  • Si eres honesto y sincero, la gente podrá engañarte. Sé honesto y sincero de todas maneras.
  • Lo que has invertido años en construir, alguien lo podrá destruir de la noche a la mañana. Construye de todas maneras.
  • Los hombres y las mujeres más grandes, de grandes pensamientos, pueden ser tiroteados por los hombres y mujeres más pequeños, de ideas más pequeñas. Piensa a lo grande de todas maneras.
  • Si encuentras serenidad y alegría, ellos te podrán tener envidia. Sé alegre de todas maneras.
  • El bien que puedas hacer hoy, la gente lo podrá olvidar mañana. Haz el bien de todas maneras.
  • Dale al mundo lo mejor que tengas y eso nunca será suficiente. Da al mundo lo mejor que tengas de todas maneras.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Sabia decisión o "savia" por necesidad?...

                                               
   
Sin duda el correr de nuestros días no es una eterna primavera florida y hermosa. Situaciones de patinazos en el hielo y de escalofríos de nieve, jornadas de sol radiante como una sonrisa entusiasmada o la simple rutina de unas caducas hojas condenadas cada otoño a besar un frío suelo que sirve de pudridera sepultura. La vida misma.

Quizá lo más interesante y consolador que pueda aparecer en nuestros diversos caminos sean aquellas personas "significantes": todos tenemos una definición, una caracterización en la vida de los otros. No somos lo mismo para cada uno, tampoco somos un mero número. Unos verán en mí, reflejada, la confianza, otros la desconfianza; donde algunos saben pueden encontrar un hombro donde apoyarse, otros no quieren ni pisar donde yo he pasado. Pero así también yo: donde en algunos reflejo amabilidad, dulzura, acogida, comprensión, cariño, perdón, en otros puedo etiquetar en la foto de su perfil traición, desengaño, cansancio, mentiras, cara dura o simplemente (¡lo más cruel!) indiferencia.

¿Un ejemplo de todo esto? Los sarmientos que nacen de la vid: todos se necesitan. El tronco de la vid de por sí no da uvas, necesita las ramas, y ellas necesitan la savia que desde las raíces llegan por el tronco. Una vida que se transmite, que se comunica, una ayuda mutua. Todo nace de la confianza, del sentirse seguro. El mero atisbo de la desconfianza es el principio del final.

¿Cómo no sentir esa savia en las personas que te han hecho descubrir lo que simplemente era un sueño o ideal?  "Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est" (No quedar abarcado por lo más grande y sin embargo contenerse en lo pequeño, tiene que ser divino): eso del amor o del bien o de la confianza o respeto o amistad son palabras demasiado grandes, con significados tan diversos como sorprendente es el pelaje de los humanos seres. Pero ideales tan grandes como esos se concretan en los detalles, en las miradas, en los gestos, en las actitudes. Y algo así tiene que ser divino. Porque si a Dios definen como eterno bien ¿qué si no puede ser el bien eterno como el sentirse feliz, pleno, acompañado, querido, sostenido?  Nos damos cuenta de que esas personas son los reyes de nuestra vida: porque somos protagonistas de sus proyectos, y ellos de la nuestra. Porque no vivimos un anónimo monólogo: formamos parte de muchas historias en las cuales vamos tejiendo la nuestra... 

Eso si. La rama que no da, o acaba secándose o cortándose. No vale con haberlo intentado un día y vivir enganchado a la rutina. Hay que podar, abonar, incluso estar en barbecho. Si la vida cansa, así las personas que no cuidan lo suyo, a los suyos. Los recuerdos son como páginas de un libro que según se va escribiendo necesita páginas en blanco: o el recuerdo (presencia) es fuerte para permanecer o quedará en los márgenes o simples notas a pie de página.

Esta es la vida. Una lucha por lo que quieres, por los que quieres. Una pelea por saber que cada persona y momento merecen la pena. Estar unido, saber permanecer, comunicarse vida, contagiarse esperanza, vivir en la confianza plena. O todo o nada, pero siempre hay alguien a quien coronar como rey o reina o como reyes de nuestra vida. Es cuestión de quitarse la corona de protagonista y darse cuenta de que la vida se vive en plural, no en el cansino singular de lo mío.


lunes, 27 de abril de 2015

Amar en tiempos revueltos

                   
"El amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes", sentencia A. Camus en La Peste. Y es que una cosa es acompañar y otra hacerse presente de vez en cuando. Sabes quién busca lo mejor para ti cuando has sentido su compañía cada día, aunque no fuera físicamente. 

Es la diferencia entre gustar y amar. Nuestra sociedad se mueve en parámetros de gusto: hay que gustar, caer bien, llamar la atención para triunfar. Una sonrisa guapa en un cuerpo escultural abre la puerta, porque gusta, atrae. Otra cosa es lo que contenga en su interior. Pero el escaparate logró su objetivo: vender el producto, aunque después quede olvidado en el fondo del armario. Nada asusta más como envejecer: saber que la fecha de caducidad ha empezado su inevitable cuentra atrás. "El tiempo va cambiando y tu con él caminando".

Nos puede gustar la música, pero el cd sonará invariablemente aunque estemos pasando la fregona, planchando, conduciendo o hablando por teléfono. Pero amar no. Requiere un tú y un yo. Diálogo. Tiempo. Exclusividad. Amar, que no es simplemente respecto a una persona: amamos la vida, los momentos, las personas, a nosotros mismos, nuestros proyectos. 

Lo fácil es gustar, ya que no compromete. Por eso nos gustan determinados programas de televisión, aplicaciones del movil, aventuras, deportes o personas. Pero no las amamos. Podemos apegar demasiado el corazón, nos molestará cuando el corte inesperado de luz o de conexión de internet nos dejen frente a nosotros mismos y una soledad que nos aterra. Pero enseguida regresa esa normalidad que tanto nos gusta. Porque nos entretiene, acalla la conciencia, rellena de cierto entretenimiento nuestros momentos y evita preguntarnos si realmente merecerá la pena todo lo que hacemos. Y lo mejor: no tenemos que cambiar, no es necesario modificar aquellos elementos de nuestra conducta que puedan molestar a otros. 

¿El peligro? Que los gustos cambian. Y lo que te parecía genial, pasado mañana está ya pasado de moda y en el desván. Lo que gusta, cansa. Al final, aburre. Y así el que sólo te gustaba acaba eliminado de los contactos y los compromisos rotos y encrespados. Nada más pasajero que las modas, los gustos de cada época.

Otra cosa es amar. Cuando comes un plato de huevos con chorizo (ese producto tan repelido por musulmanes y judios, pero que con tanto deleite consumen cristianos y ateos) te das cuenta de esta misma realidad: la gallina simplemente ha colaborado poniendo el huevo. Pero el cerdo ha tenido que dar la vida para sacar el chorizo. No les ha supuesto lo mismo para que acabes comiendo parte de ellos. El que ama no se queda en colaborar: se entrega. Y por eso puedes "examinarle" y también pueden examinarte a ti. Si te gusta, ese momento ha servido como válvula de escape, gusto, satisfacción, ha ocupado tan sólo un instante de tu vida: ni pedías ni querías más. Si amas, te sirve como realización, necesita porvenir, futuro, proyecto. 

Amar la vida: ilusión, coraje, valentía, esperanza: cada despertar se convierte en un nuevo motivo para sacar adelante proyectos. La vida no es una losa, sino un trampolín.

Amar el mundo: compartir, contagiar, animar, apoyar, ilusionar.

Amar la verdad: buscar un fundamento, apoyar tus pies en aquello sabes y experimentas que te impulsa y sostiene. 

Amarte: saber que la vida no son instantes, es porvenir. Ese amor puedes o no entregarlo a otra persona o idea o proyecto o realización personal: pero debe ser continuado, con empeño. Cuando no hay tiempo, no hay amor, solo gusto. Y entonces tienes que pararte a pensar si lo tuyo es simplemente que gustes o que te quieran. Si tu medida es que les guste un escaparate o que amen a una persona. 

Amar en tiempos revueltos: cuando todo el mundo confunde amar con gustar, simplificando la vida, pero queriendo vivir más de sentimentalismos baratos que emocionan con lacrimógenas películas pero insensibilizan ante más de 1.500 fallecidos por un terremoto o cientos de familias desahuciadas por un criminal sistema económico.

Por eso cada día, ante cada aventura, cada persona, la pregunta es siempre la misma: ¿instante o porvenir? La solución, depende de la respuesta.